martes, 20 de noviembre de 2012

Scorsese a los setenta

Artículo de OTI RODRÍGUEZ MARCHANTE 
Publicado por ABC.ES 

 Si Nueva York fuera un sandwich, Martin Scorsese sería el panecillo de abajo; naturalmente, el panecillo de arriba sería Woody Allen, y en el medio, la sustancia, el cine de ambos. Scorsese ha sabido contar la contraportada de ese Nueva York luminoso, intelectual y «pijo» de las películas de Allen, y encontrar en ella ese punto final de lugar triste y solitario que cantó Frank Sinatra como guinda de la historia tormentosa entre el saxo de Robert De Niro y la voz de Liza Minnelli en «New York, New York». 


 Scorsese acaba de cumplir setenta años, apenas nada para ese hombre menudo destinado a permanecer durante siglos junto a su cine, compuesto de la mejor mezcla de ruido, furia, melodía y también poesía..., y tras su última película, «La invención de Hugo», podría decirse de él que es un vestigio pero en plena forma. El estilo de Scorsese es, obviamente, un estilo perdido y hoy a contrapelo de un lenguaje cinematográfico más empeñado en buscarle al espectador la espalda que el corazón; el corazón, aunque sea para partírselo con un sentimiento o una bala, tal y como ha hecho desde sus mismos principios Scorsese, desde «Malas calles» o «Taxi Driver» hasta ese cinéfilo homenaje a Méliès de su última obra.

A Martin Scorsese le costó mucho más encontrar el Oscar que su estilo, y se fue a tropezar con él (con el Oscar, no con el estilo, que lo ha llevado siempre pegado a la suela) en 2006 con «Infiltrados», una película tan suya que se hace raro que se le achacara que fuera de otro (el chino Lau Wai Keung, director cuatro años antes de «Infernal affairs»); en fin, un Oscar que le llegó al menos media docena de películas tarde al hombre que había hecho «Uno de los nuestros», «Casino» o «Toro salvaje», obras en las que los bajos fondos se erguían, se ponían de puntillas y estiraban hasta alcanzar la entidad y la grandeza de la tragedia clásica, o «La edad de la inocencia», un pulso a su propio estilo, a su propia alma y a su propia ciudad, con ese mismo Nueva York viscontiniano que relataría diez años después a todo trapo en «Gangs of New York», un fresco de la misma época pero batido con una turmix. 

 Perteneciente a la última generación de cineastas biombo, de esos que lo tapan todo, como Spielberg, Coppola, George Lucas o Brian De Palma, Scorsese supo aprovecharse del oleaje y cinco décadas después no es que aún se mantenga a flote, es que es una boya, una baliza que nos sitúa en el lugar donde subsiste el cine de antes y el cine de luego, hasta el punto de que su obra no ha perdido ni un gramo de peso ni un minuto de energía ni juventud. Ni de vista, olfato e intuición para encontrar a los grandes actores y exprimirlos, desde Harvey Keitel o Robert De Niro, a Daniel Day Lewis o recientemente a Leonardo DiCaprio. 

 Tal vez el cine ande ahora entre titubeos a la busca de su camino o su pared contra la que proyectarse o estrellarse, pero mientras Martin Scorsese se mantenga por los alrededores guiará al séptimo arte y lo estampará contra el muro adecuado. Nadie conoce como él ese material del que están hechas las grandes películas, y desde luego nadie ha visto tantas ni nadie le ha dedicado tanto amor a su memoria cinematográfica como él en ese documental titulado «Mi viaje a Italia», que rezuma sabiduría y pasmo por el viejo y eterno cine italiano, o en ese otro titulado «Un viaje personal con Martin Scorsese a través del cine americano», otra declaración de amor y erudición. 

 Y llegados a este punto, y con Martin Scorsese a lomos ya de sus setenta, no queda otro alivio que considerarlo para el cine como su memoria y su porvenir, el mismo territorio que pisan otros virtuosos venerables, como Allen, como Eastwood, como...

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